Irene Contreras está tan acostumbrada al largo y tedioso proceso que conlleva mandarle medicina a sus padres en Venezuela que parece estar resignada, al menos en comparación con cómo se sintió cuando comenzó, cuando la terrible situación la hacía llorar.

“Estaba en negación”, dijo. “Me daba mucha rabia, porque esto no es justo”.

El proceso de un mes siempre comienza en Venezuela con los médicos de atención primaria que escriben y traducen al inglés una receta extendida para cada padre, que debe ser firmada y sellada por el médico y por un notario público. Su madre, de 67 años, envía los documentos a Contreras en Filadelfia, donde hace copias y envía los originales a una farmacia canadiense. Paga electrónicamente las pastillas para la artritis de su madre ($99 dólares) y el medicamento para la hipertensión de su padre ($60 dólares), y espera 15 días para que se las envíen aquí.

Contreras prepara una caja de productos, a la que ella y su familia han llamado “las cajas de la esperanza”, que envía por $80 dólares a un mensajero en Miami, que la lleva hasta Caracas.

Irene Contreras tiene que comprar medicamentos en Canadá para enviarle a sus padres en Venezuela.
YONG KIM / Staff Photographer
Irene Contreras tiene que comprar medicamentos en Canadá para enviarle a sus padres en Venezuela.

Afortunadamente, sus padres cultivan mangos y plátanos en un conuco detrás de su casa. Pero, para comprar cualquier otro alimento, tienen que esperar en una fila de dos horas para comprar la gasolina con qué viajar al pueblo más cercano. Por lo tanto, también envía arroz, frijoles, jabón, pasta de dientes, curitas, gasas y alcohol en la caja de 30 libras.

“La situación es que los venezolanos que no trabajan para ayudar a sus familias saben que nadie come ni vive en Venezuela”, dijo Contreras, de 37 años, traductora en un bufete de abogados, que vino a los Estados Unidos con su esposo en 2014, y ahora son residentes permanentes.

En un país de pasado próspero, donde la crisis política se ha traducido en altos precios para los consumidores, una escasez de alimentos y el colapso del sistema de salud pública, los venezolanos “en el exterior” se ven a sí mismos como responsables de mantener vivos a sus seres queridos.

José Benavides, vicepresidente de Casa de Venezuela (organización que apoya a unos 11,000 venezolanos en el valle de Delaware), dijo que la inestabilidad política y social actual tiene mayor impacto financiero para aquellos que emigraron recientemente de Venezuela, ya que se encuentran desplazados de sus vidas profesionales, trabajan en empleos de salario mínimo, y envían entre $200 y $300 dólares mensuales a sus familias. Unos 3.7 millones de venezolanos han abandonado el país sudamericano en los últimos cinco años, según las Naciones Unidas.

“También es una carga emocional y psicológica fuerte, cuando tu corazón y tu mente están divididos entre las responsabilidades que tienes aquí y las situaciones que afectan a nuestra gente en Venezuela”, dijo Benavides.

Alexander Moreno, 42, está sentado junto a su esposa Harianned Chaurel, 35, mientras ella mira fotografías de sus sobrinas en el teléfono, en la sala de su hogar en Kingsessing, Filadelfia Oeste, el 13 de mayo de 2019.
Jesenia De Moya Correa
Alexander Moreno, 42, está sentado junto a su esposa Harianned Chaurel, 35, mientras ella mira fotografías de sus sobrinas en el teléfono, en la sala de su hogar en Kingsessing, Filadelfia Oeste, el 13 de mayo de 2019.

Para Alexander Moreno, de 42 años, quien se mudó a Kingsessing hace siete meses con su esposa Harianned Chaurel, de 35 años, ha sido difícil manejar la realidad en el extranjero. Moreno, un ingeniero electrónico que era dueño de su propio negocio en Venezuela, ahora trabaja como asistente de limpieza en Center City. Chaurel, quien solía ser periodista, trabaja en un restaurante local. La pareja huyó del país hace dos años cuando Chaurel recibió amenazas de muerte por su trabajo. Ahora tienen asilo aquí.

“Solíamos hablar de viajar juntos”, dijo Chaurel, “y de repente tuvimos que huir”.

En Filadelfia, Chaurel trabaja para apoyar a sus padres, dos tías, una hermana y tres sobrinas. Moreno envía dinero a su padre, de 73 años, cuyo salario mensual equivale al precio de una libra de queso.

Debido a que es más factible usar dólares que bolívares en un país donde el cambio de divisas es regulado por el gobierno, Moreno se ve limitado a dos opciones para enviar dinero: tiene que pedirle a uno de sus parientes en Venezuela que camine a través de las montañas de los Andes, lleno de violencia armada, a Cúcuta en Colombia para encontrar la oficina de Western Union más cercana, y luego volver de la misma manera. O, necesita encontrar un “proveedor de servicios de cambio” en Venezuela con una cuenta bancaria de los Estados Unidos.

“Aprendemos sobre los proveedores de confianza en WhatsApp y en los grupos de venezolanos en Facebook”, dijo Moreno. “Algunos incluso se promocionan en Instagram. Y cobran del 10 al 15 por ciento por la transacción”.

Moreno dijo que una cuarta parte de sus ingresos semanales lo dedican a sus familiares en Venezuela, lo que deja a la pareja con $400 a $650 dólares a la semana para pagar el alquiler, el transporte, la comida y los servicios públicos. No queda nada para el ahorro. Moreno espera que los venezolanos de todo el mundo puedan “estar en orden”, permitiéndoles trabajar y vivir de manera digna.

“Esperamos que en algún momento podamos pasar este modo sobrevivencia, y ser en una nación que vive en paz”, dijo.